miércoles, 07 de octubre de 2009

Por Eduardo Robredo Zugasti día 7 Octubre, 2009

Estemismo verano los medios de comunicación de todo el mundo refirieron el suicidio de una mujer alemana embarazada que dejó tras de sí la muerte de sus cuatro hijos por inanición. En su país llegó a desencadenarse un debate público en torno al “Caso Hilschinz“, y episodios similares no son desconocidos del todo en España. ¿Cómo es que suceden cosas así?

No hay duda de que el “instinto maternal” es un distinguido mito de nuestra cultura judeocristiana. Pero al estudiar la naturaleza humana de un modo menos metafísico, dos hechos desconciertan. En primer lugar, las madres humanas se comportan de un modo bastante variable y algunas no parecen mostrar una gran preocupación por el bienestar (y a veces por la vida) de los hijos. En segundo lugar, el instinto materno no es una invención humana o un regalo de lo alto, sino que se encuentra entre esa constelación de valores familiares emergentes de la clase mamífera. De hecho, el primate humano ha mejorado y a la vez empeorado esta moral heredada de nuestros congéneres evolutivos, creando a la vez las redes sociales de apoyo y las formas de “inversion parental” e infanticidio más sofisticadas del reino animal. El ser humano ha convertido el abandono de las crías, considerado por Tertuliano como “la más cruel manera de matar”, en una práctica frecuente.

Sarah Blaffer Hrdyes una profesora emérita en el departamento de Antropología de la Universidad de California que ha publicado quizás los mejores trabajos sobre el papel evolutivo de la maternidad y algunas de sus consecuencias más intrigantes. La indiferencia materna, en particular, aparentemente desafía supuestos básicos tanto de nuestra sensibilidad cultural como de la misma teoría evolutiva: ¿Por qué iba una madre a despreocuparse por las necesidades de sus réplicas genéticas? ¿Por qué ninguna mujer iba a cuestionar el “sagrado deber” de la maternidad?

El infanticidio, sin embargo, es una práctica ubicua en toda la prehistoria y la historia humana bien documentada por los antropólogos. Aunque también muchas veces reprobada, especialmente desde la era del chupete, de la leche pasteurizada y del estado providente, desde “nuestro privilegiado punto de vista de occidentales postindustriales que ocultan a los niños en cuartos protegidos de los depredadores, poseen seguros médicos y forrajean en los supermercados”.

Las feministas y los partidarios de las teorías sobre la“construcción social” del género, han remarcado la gran variación cultural en torno al papel de la madre como un argumento contra la existencia de un “instinto maternal”. Algunos investigadores, como Nancy Scheper-Hughes llegaron a tildar el instinto materno como un “mito burgués” inconsistente con el registro histórico. ¿Cómo era posible sostener el innatismo del amor materno cuando hasta el 95% de los recien nacidos en áreas urbanas de Paris en el siglo XVIII era sistemáticamente apartado de sus madres naturales para ser criados por extraños en condiciones a veces peligrosas e impredecibles?

La respuesta, según Blaffer Hrdy(1), radica tanto en la cultura como en la sociobiología humana. El apego materno filial puede empezar justo después del alumbramiento, pero la union más profunda entre madre e hijo es un proceso prolongado que involucra factores biológicos conocidos. La madre aprende a identificarse con su hijo a medida que aumenta sus niveles de prolactina o de oxitocina, especialmente si le da el pecho. Además, la crianza de los niños humanos es un proceso que suele implicar redes sociales más extensas que la familia nuclear, en lo que suele llamarse “asistencia allomaternal” (del griego allo-, otro). Cuando la red social fracasa o el apego biológico es interrumpido, como en el caso de las madres francesas que no eran realmente indiferentes, los riesgos aumentan.

Esto explicaría por qué los embarazos prematuros o demasiadoc ontinuados y, sobre todo, la carencia de redes sociales de apoyo, están entre las causas más plausibles para explicar la maternidad fallida en nuestra especie: una combinación de desgracias culturales y biológicas. De acuerdo con Blaffer Hrdy, una posición más humana debería ajustarse al criterio de “Todo niño debería ser un niño querido” e incluso ha defendido en su último libro que “ser pro-vida significa ser pro-elección”. Significa ponerse de parte de las mujeres que, como norma biocultural, suelen acarrear la mayor responsabilidaden la crianza de los niños.

El caso Hilschinz, el debate público sobre el aborto y la proliferación de los abandonos en sociedades aparentemente prósperas vuelven a reforzar la necesidad de informar este tipo de discusiones con un conocimiento menos metafísico de la naturaleza humana, ya que no siempre podemos confiar en la corrección de nuestras costumbres o nuestras intuiciones morales.

(1) Sarah Blaffer Hrdy. 20001. The Past, Present, and Future of the Human Family, The Tanner Lectures on Human Values

Fuente: cultura 3.0

 


Publicado por Herakles57 @ 20:43  | antropologia social
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